CORONAVIRUS
Hoy, 27 de marzo, hace
exactamente una semana que estamos transitando una situación inédita. Hace una
semana que estamos realizando un aislamiento y que se traduce a nivel mundial.
El Coronavirus acecha, con desparpajo y en forma abrumadora, se llevó consigo miles
de vidas.
En nuestro país , en un inicio se
hablaba del virus hasta con cierta risa burlona, ya que los primeros casos
empezaron a atisbarse en diciembre, en China. Para nosotros, argentinos, era
mirar una película a la distancia. Algo
confuso que no nos iba a amenazar con su
presencia. Se vislumbraba como algo realmente lejano , e improbable que nos
fuese a dañar.
Paulatinamente el escenario,
empezó a mostrar otras secuencias, otras siluetas. Intemprestivamente llegó
marzo. En nuestro país iniciamos nuestras actividades laborales fuertemente,
pero a dos semanas de calentar motores, el monstruo proveniente de Asia nos
hizo detener la marcha. En forma traumática, brusca, sin permitirnos siquiera
tomar aire, se nos ordenó “hacer cuarentena, resguardarnos en nuestros
hogares”. Lo que significó interrumpir nuestros trabajos. En mi caso, cambiar
la modalidad de trabajo, y como consecuencia también mermó la cantidad de
pacientes para atender.
Mi labor está íntimamente
vinculada con el padecimiento, con el sufrimiento de un sujeto. Y ahora a esto
hay que sumar un contexto totalmente inédito e impredecible. Reina la
incertidumbre, el caos, la angustia, el descreimiento. Las coordenadas de
tiempo y espacio han cambiado abruptamente. Se han visto trastocadas en forma
drástica. Los lazos sociales se encuentran sin bordes, desconcertados. La
libertad de circular por la vida se vio de golpe, amenazada por este monstruo
con Corona, que se da el lujo de ir cambiando de aspecto, generando el
desconcierto de los especialistas que tratan el tema. A Corona hay que bajarle
los humos y que se transforme en una coronita domable y domesticable.
Mientras tanto nosotros
precisamos estar en nuestros hogares, pero no perder contacto de nuestros
afectos. Es muy necesario ese lazo con el otro. No debemos aislarnos
socialmente. Los analistas sabemos que el organismo no es lo mismo que el
cuerpo del sujeto , ya que precisa además del cuidado del organismo, del
encuentro con los otros. El cuerpo del sujeto está enlazado a la palabra.
Necesita de ella. Al no existir la posibilidad de ese encuentro, aunque más no
sea de forma virtual, existe el riesgo que sobrevenga la depresión, perdiendo
nuestra vitalidad.